Antes de ingresar a la Basílica, obispo dice que le brotaron algunas lágrimas

Una “terrible soledad”. Ese sentimiento le embargó al obispo de Caacupé en los minutos previos, a la realización de la inaudita misa central en el Día de la Virgen Azul de los Milagros que le tocó celebrar sin la presencia acostumbrada de fieles.

El desolado paisaje que sospechaba ya le había desvelado la noche previa. “Dormí poco y pensaba en cómo iba a hacer, cómo me iba a sentir”, se decía en su fuero íntimo.

Camino a la Basílica Menor, vio a un grupo de reporteros apostados en las alturas, como francotiradores, apuntando con sus cámaras para captar el momento inédito.

“Cuando me avisaron que era el momento de entrar, sentí el peso. Era el inicio de la gran celebración y uno está acostumbrado a encontrarse con la Virgen ahí y desde ahí partir y ver la multitud que le aclamaba, que te saludaba y los pañuelos. Pero en esta oportunidad no fue así: Todo silencio. Realmente decía: ‘No puede ser lo que nos hizo esta pandemia. Esto es algo inaudito, insólito para la página de la historia de la Iglesia y, sobre todo, para la Virgen’”, repasa.

Valenzuela sabe que pasará a la historia como el obispo que se vio forzado a detener el avance de los devotos hacia la casa de la Virgen.

Y confiesa: “Yo estoy acostumbrado a estas grandes fiestas, celebraciones porque me gusta y me da vida eso. En esta oportunidad, cuando me paré primero en el medio a mirar la Basílica y, sobre todo, cuando me subí la explanada, me di la vuelta y miré ahí me brotaron algunas lágrimas, no podía creer. Me entró una sensación no sé de qué, realmente, de vacío, de tristeza. Pero, había que estar fuerte porque sé que muchas personas que también se iban a encontrar como yo y tenía que ser el primero en sacar fuerzas de esa circunstancia”, rebobina y recuerda que “tenía ganas de abrazarle a la cruz, así como hacía Juan Pablo II: Él se abrazaba a la cruz ante una situación difícil. Besé los pies del Señor, después le miré y le pedí que me dé fuerzas en ese momento para hacer frente a esta situación de terrible soledad”.

Admite que casi no puede traducir en palabras ese vendaval de emociones que lo atravesó. “Son sensaciones que no encontrás palabras para poder explicar lo que va pasando; ese torbellino de sentimientos encontrados”, resume todo lo que se le pasó por la mente durante los 200 metros hasta llegar al altar.

La evaluación que hago, dentro de todo esto, es que fue altamente positivo; el acatamiento de nuestra gente fue algo fantástico. Mons. Ricardo Valenzuela, obispo de Caacupé.///UH